
El futuro de lo humano: innovar, acompañar y convivir con la IA
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¿Nos hace humanos solo lo bueno?
Lo que no queremos ver de los humanos
Acompañar supone reconocer a alguien
Una pedagogía que empieza por la persona
Innovar también significa decidir que merece permanecer
Un futuro que todavía podemos elegir
¿Nos hace humanos solo lo bueno?
Llevo unos días preguntándome si ser humano significa un derroche de virtudes, especialmente ahora que se habla tanto de que la IA puede acabar con todos nosotros. Si te fijas, llevamos un tiempo relacionándonos de manera diferente con las máquinas, igual que pasó con los animales. Les atribuimos emociones, intenciones e incluso hablamos de personalidades. Interpretamos sus gestos y respuestas y si vas hacia atrás te darás cuenta de que era algo totalmente inimaginable en el pasado. Ahora, al encender mi ordenador, me he dado cuenta de que tiene un nombre para distinguir los perfiles y el ordenador de la casa; igual ocurre con otras máquinas, como el robot aspirador, o si tienes un Alexa o Siri y has decidido personalizarlo. La máquina parece aprender, comprendernos, recordarnos y conocernos.
Al mismo tiempo, la sociedad se está volviendo extraña, si lo pensamos desde lo humano. Los alumnos terminan reducidos a una calificación, un trabajador a su eficacia o productividad, un paciente a una historia clínica…Dejamos de ver la historia de la persona, la que nos permitía reconocerla en su complejidad, en su vulnerabilidad y sus circunstancias, para reducirla a un estado o dato cuantificable.
Hoy quiero hablar de esta convivencia entre la humanización de las máquinas y la deshumanización de las personas y qué es realmente o qué significa ser humano.
Lo que no queremos ver de los humanos
Si hablamos de humanidad, más allá del olor, tendemos a pensar en nuestras mejores cualidades. Somos capaces de establecer vínculos y cooperar, de sentir compasión y cuidar o de ser empáticos y reconocer el sufrimiento de los demás. Vemos estas cualidades como algo valioso y, sin embargo, ignoramos la mayor parte del tiempo que la crueldad, el egoísmo o la mentira también forman parte de los humanos. La distinción podría estar en la conducta o el comportamiento, esa que tanto se trabaja actualmente en las terapias psicológicas, no importa el trastorno que tengas. Como si eso no formara parte de cada uno. La humanidad no desaparece cuando aparece la maldad, por ejemplo. Quizá la cuestión está en cómo utilizamos esas «cualidades».
Con la IA pasa algo parecido según le atribuimos o no comportamientos humanos. Una IA puede generar una respuesta emocionalmente válida y empática sin que exista en ella misma. Si le preguntas por cuestiones sensibles, enseguida te ofrecerá un teléfono de ayuda e incluso se resistirá a seguir respondiéndote si no coges esa ayuda. Puede hablar de tristeza sin sentirse triste u ofrecer consuelo sin ser compasiva. Esos comportamientos son reconocibles en tanto en cuanto son nuestros y eso hace que la dirección vaya precisamente hacia nosotros, nos obliga a observarnos, analizarnos y comprendernos.
Acompañar supone reconocer a alguien
En educación utilizamos mucho la palabra acompañar. En los últimos años, especialmente en la universidad, diría que es más importante que cualquier otro tipo de docencia. Acompañar implica aceptar que existe otra persona cuyo recorrido no podemos controlar completamente y cuyo desarrollo no puede reducirse a la consecución de un resultado.
El andamiaje, ampliamente estudiado por autores como Bruner,et al. hablan de proporcionar un apoyo que permita al aprendiz realizar una tarea para la que inicialmente no está preparado. No se trata de una dependencia sino de un entrenamiento para lograr su autonomía.
Si ahora con la IA podemos disponer de sistemas capaces de adaptar una explicación a la dificultades del estudiante, reformular los conceptos o proponer actividades interactivas, veremos que acompañar es algo más complejo. Acompañar requiere interpretar una situación, comprender que ante un mismo problema, dos estudiantes pueden necesitar diferentes cosas y reconocer que la respuesta no está en la solución al problema sino en la ayuda para que ellos mismos lo resuelvan. El acompañamiento requiere de una dimensión relacional que no desaparece con una automatización de un agente.
Por esto, la educación es un territorio abierto y predispuesto para pensar en la humanización. El aprendizaje no ocurre con la recepción de una información sino con la relación con otras personas, otros contextos, la percepción de las capacidades y las expectativas.
Una pedagogía que empieza por la persona
Si te pasas por cualquier centro educativo de cualquier nivel, aunque especialmente en la educación superior, verás que cada vez más su proyecto pedagógico pasa por tener al estudiante como primer objetivo: centrado en la satisfacción, mayormente, del estudiante. Parece absurdo negar que la pedagogía debería poner el acento en la persona. Y en este contexto donde innovación y tecnología son el pan de cada día en un entorno educativo, quizá merece la pena prestar atención a la pedagogía Soka, que se vincula con la creación de valor y el desarrollo de la persona en relación con la sociedad.
Las aportaciones de Makiguchi cuestionaban una educación excesivamente orientada a la transmisión de conocimiento y defendían que el propósito de educar se relacionaba más con la capacidad de las personas para crear valor en su propia vida y en la sociedad. Esa dimensión ética que parece estar en desuso cobra especial relevancia actualmente.
Si la educación solo es transmitir eficazmente información y adquirir competencias, la automatización parece una solución evidente y válida para muchos problemas. Pero si ponemos el foco en el desarrollo humano y la creación de valor, se abrirán nuevas ventanas: las relaciones, la autonomía, la responsabilidad y la capacidad de cada persona para participar en la construcción de su propio futuro.
Hasta ahora parece que la innovación se ha relegado a algo nuevo o a una mejora tecnológica, pero ¿y si lo que puede hacer la innovación es ampliar las capacidades de las personas? Imagina que libera tiempo para mejorar la calidad de las relaciones personales.
La tecnología facilita las cosas y amplía nuestras posibilidades, pero la decisión y dirección que tomamos son lo que marca la diferencia. Fíjate que en la toma de decisiones tenemos problemas: aparece la habitual parálisis por análisis o, algo que pocos nombran, el estrés moral. He elegido este concepto en particular porque veo que la sociedad no está preparada para entornos complejos e imperfectos. La persona es conocedora de lo que se considera correcto, pero hay condicionantes que le dificultan actuar con ese criterio. Ese quiero y no puedo. Y esto tiene repercusiones en todos los campos. Cuanto más estructuramos las relaciones mediante procedimientos, indicadores y categorías, más cerca estamos de disminuir nuestra percepción de responsabilidad.
Si lo miras con distancia, se deshumaniza, aunque nos sea más sencillo tomar decisiones. Sin duda, para una organización resulta más eficaz y funcional, pero al mismo tiempo se simplifica la realidad. Pero la complejidad de la sociedad no desaparece.
Esto nos lleva a debates sobre si podemos usar la IA para personalizar un momento del estudiante, pero no podemos olvidar la relación que queremos mejorar cuando introducimos este tipo de automatizaciones.
Innovar también significa decidir que merece permanecer
Quizá cuando innovamos y pensamos en esa necesidad que ha de ser cubierta y el procedimiento para lograrlo, estamos perdiendo de vista lo que queremos conservar.
Casi siempre, cuando una tecnología aparece, nos preguntamos qué podemos hacer ahora que antes no, y se queda como incompleto. Debemos pensar en qué puede desaparecer si utilizamos la tecnología de una determinada manera. La innovación modifica el reparto de nuestra atención, y eso repercute directamente en la concepción de la educación que tenemos.
En los procesos de innovación, la dimensión ética está desaparecida en combate; queda escondida detrás de la fascinación por lo nuevo. Cuando hablo con mis estudiantes, prácticamente el 100% habla maravillas de lo que les permite hacer la IA, no importa el contenido ético que tenga la asignatura, que se da por asumido pero no por reflexionado.
Educar siempre contiene una relación con el futuro. No se trata de pensar en lo más probable, en seguir la inercia de lo que tenemos ahora, sino de anticiparnos a lo posible con las capacidades que queremos desarrollar y las preguntas que debemos reformular.
Te pongo un ejemplo, ahora la IA está en auge y muchísimos grados y másteres se han actualizado para dar respuesta a esto, esto que está pasando ahora, no en el futuro. Y, además, se trata de ponerse al día de manera inmediata porque parece que ya llegamos tarde, pero no pensamos en lo que se pierde por el camino. ¿En qué tienes más dudas o incertidumbre?¿En cómo la IA puede quitarte el trabajo o en qué tipo de educación queremos que exista cuando eso ocurra, si es que ocurre? Y lo conecto con lo anterior: ¿Qué humanidad queremos que esa educación contribuya a construir?
Un futuro que todavía podemos elegir
Si educar consiste en crear valor, entonces el futuro educativo no puede medirse únicamente mediante la eficiencia de sus sistemas, sino en qué posibilidades humanas abre.
Esto no trata de rechazar la IA, para nada. La cuestión no es confundir lo que se puede hacer con la conveniencia de hacerlo. Aquí está la estrategia: las decisiones educativas siempre contienen una determinada idea de futuro.
La cuestión no es tanto si la IA será cada vez más humana, probablemente cada vez se parecerá un poquito más, sino qué haremos nosotros con esa semejanza y qué preguntas y decisiones mantenemos abiertas.
Referencias:
Wood, D., Bruner, J. S., & Ross, G. (1976). The role of tutoring in problem solving. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 17(2), 89–100. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.1976.tb00381.x
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